Rosyvelin se desnuda para ti
- Donna

- 31 may
- 3 min de lectura
Escena: Detrás del telón
El eco de los aplausos todavía vibra en las paredes del camerino. Rosyvelin se mira al espejo, respirando agitada, con el brillo del sudor y la adrenalina corriendo por su piel. Acaba de dar el mejor show de la semana. Se quita los tacones de plataforma con alivio cuando, de repente, la puerta se abre sin llamar.
Es Mauricio.
Entra con la corbata a medio soltar y una sonrisa de suficiencia que a Rosyvelin siempre le revuelve el estómago. Cierra la puerta detrás de sí y apoya la espalda en ella, cruzando los brazos.
—Espectacular, Ros. De verdad, espectacular —dice Mauricio, dando un par de pasos lentos hacia ella—. Cada noche te superas. Aunque... a veces siento que te guardas lo mejor solo para el escenario.
Rosyvelin no se inmuta. Mantiene la mirada fija en él a través del espejo, sin girarse, agarrando con firmeza una bata de seda para cubrirse.
—Es por lo que paga el público, Mauricio —responde ella, con voz gélida y profesional—. El talento cuesta. Por cierto, ya que estás aquí, todavía no he visto el bono de producción en mi casillero.
Mauricio suelta una risa baja, condescendiente, y se acerca un poco más, invadiendo su espacio personal. Huele a whisky barato y a tabaco. Se apoya en la mesa del tocador, bloqueando parte de la luz.
—Siempre tan de negocios, preciosa. —Mauricio estira la mano y roza con el dedo índice el hombro descubierto de Rosyvelin. Ella se tensa de inmediato, apartando el cuerpo con un movimiento seco—. Vamos, no te pongas así. Sabes perfectamente que los números de este lugar los manejo yo. El dinero va y viene... depende de qué tan bien nos llevemos.
La indirecta cae en la habitación con el peso de una amenaza. Mauricio inclina el cuerpo hacia ella, bajando la voz, asumiendo que su poder como jefe es suficiente para doblegarla.
—Tú quieres seguir siendo la estrella del cartel, y yo quiero... que seas un poco más agradecida con quien te puso ahí. Una cena a solas, después del cierre. Solo nosotros dos. Tú me complaces, y yo me aseguro de que el próximo mes dupliques tus ganancias. ¿Trato?
Rosyvelin siente una oleada de asco, pero no se quiebra. En lugar de encogerse o gritar, se levanta lentamente, quedando a la altura de Mauricio. Lo mira directamente a los ojos, con una seguridad que lo toma por sorpresa.
—Te vas a equivocar de camerino, Mauricio —dice Rosyvelin, con un tono tan afilado como un bisturí—. A mí nadie "me puso aquí". Ese cartel tiene mi nombre porque soy la que llena el club cada fin de semana. Si tus clientes vienen, es para verme a mí, no a ti detrás de un escritorio.
Da un paso al frente, obligándolo a retroceder instintivamente un centímetro.
—Así que haz los números otra vez. Mi bono va a estar en mi casillero mañana antes de abrir. Y la próxima vez que entres a mi camerino sin llamar, la que se va del club soy yo. A ver cómo le explicas a los socios por qué la recaudación cae a la mitad.
Mauricio la mira, la sonrisa borrada por completo de la cara, la mandíbula rígida por la furia de haber sido rechazado y desafiado. Intenta recuperar la compostura, pero sabe que, por ahora, ella tiene la sartén por el mango.
—No te pases de lista, Rosyvelin —masca él, retrocediendo hacia la puerta con resentimiento—. El orgullo sale caro en este negocio.
—La dignidad no tiene precio, jefe —remata ella, dándole la espalda para volver al espejo.
La puerta se cierra con un golpe seco. Rosyvelin suelta el aire que contenía, con el corazón acelerado. Sabe que acaba de ganar el primer asalto, pero también sabe que Mauricio no se va a quedar de brazos cruzados. La guerra acaba de empezar.













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